viernes, 10 de febrero de 2012

Los Niños y El Suspenso (Parte II)

La inteligencia es un misterio.

Según dicen, la mayoría de la gente no desarrolla más que una pequeña parte de su capacidad intelectual. ¿Pero por qué?
Como norma general, nuestro rendimiento no rinde más que un simple 10% de todo su potencial. Pero, ¿por qué no más? Y, ¿cómo puede ser que algunas personas logren acelerar el rendimiento hasta el 20%, 30% -o más- de su potencial total?

¿Qué es lo que frena a nuestro potencial, o qué es lo que le impide siquiera llegar a encenderlo?

Cuando empecé en esto de la docencia, hace unos cuantos años con clases particulares, pensaba que la razón era que simplemente algunas personas nacían más agudas que otras y que no se podía hacer demasiado al respecto. De hecho, esta fue la teoría oficial de muchos psicólogos durante varios años. En efecto, si el único contacto que tienes con los alumnos es en una clase o en una consulta, esa teoría no es difícil de creer.

Pero, como bien sugirió ayer una compañera de trabajo, si tienes la oportunidad de poder observarles en otras facetas de sus vidas -por ejemplo: vidas privadas, deportes, manualidades y recreo- no puedes evitar caer en la conclusión que esos mismos alumnos que en clase tienen un rendimiento inferior, son mucho más agudos en otras circunstancias. Pero, ¿por qué?
¿Por qué debería un niño, o una niña, que en algunas circunstancias es ingenioso, observador, imaginativo, analítico... en una palabra, inteligente, entrar en clase y, como si fuera por arte de magia, convertirse en un completo inepto -desde el mayor respeto posible-?

En este, mi primer año escolar en un nuevo centro de idiomas privado, tengo algunos alumnos que en clase son bastante ineficaces.
Antes de cada examen, incluso antes de cada lección, dedico un buen rato a realizar, junto con mis alumnos, una sesión de 'review'. Si suspenden el examen, realizamos una sesión 'post-mortem' y más repaso. Cuando más o menos, parecen volver a estar preparados, realizo otro examen con el mismo contenido (pero siempre más sencillo que el primero). Imaginad mi sorpresa cuando, casi siempre, vuelven a suspender.

Creía saber cuál era la solución: hacer que las unidades sean interesantes, que los alumnos participen activamente y con entusiasmo. Animándoles a que pregunten todo aquello que no entiendan, y cometiendo errores a propósito para que ellos tengan la oportunidad de corregirme. En ese momento te das cuenta que incluso los alumnos que normalmente suspenden están disfrutando de la clase.
¿Resultado? Los buenos alumnos continuaron siendo buenos, incluso algunos mejoraron; pero los malos alumnos seguían siendo malos, incluso algunos empeoraron. Si suspendían en noviembre, suspenderán en marzo y en junio.

Estoy segura de que debe haber una mejor solución a este problema. Tal vez, podamos y debamos prevenir a los niños de convertirse en fracasados crónicos, como primer paso.

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